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¿Esto sucederá muy a menudo? Me haría falta leer más blogs en la computadora para saberlo, como dije hace algunos meses, me da hueva. Antes de comenzar a escribir esta entrada me dije: “pinche José Alfredo, de perdis di algo bien chido como que tuviste que abandonar tu casa porque te perseguía el fantasma de tu mujer cabrón, o que te volviste loco, o que a una familiar le pasó algo bien gacho”. Luego, mientras comenzaba a pensar en la mentirota que pensaba poner -¿y quién no miente al momento de hablar de sí mismo y tener que justificar un abandono?-, terminé pensando que era como disculparse por no llevar una plana llena de ‘a’s cursivas diciendo que se había muerto mi abuelita, sólo que yo no estoy en segundo de primaria y mi maestra es como una cosa gigantesca e inimaginable, una gelatinilla negra a punto de comerme.
Ah. Pinche madre. ¿De qué voy ahora, retomando un blog que abrí hace dos meses y que olvidé por completo? Pos de eso. Se me olvidó. Según yo no me iba a costar trabajo porque pues, la idea era estar recortando noticias que suceden por aquí y salen en los periódicos que por supuesto compro y leo. Y ni siquiera los diarios, sino los dos periódicos que más me gustan y que en todo caso, son semanales. Y periódicos sigo leyendo.
Nomás que ninguna noticia me llama la atención, eso es lo malo. ¿Que porqué? Quién sabe. Algo le pasó a esas madres que tanto me gustaban en cuanto comencé a transcribir las primeras. Como que perdieron lo que me hacía disfrutarlas. Hasta reírme. Además pues si me han pasado cosas. Cosas gachas hasta eso. Lo malo es que no sé bien cómo se explica que a uno no le pasa nada pero de todas formas uno se siente retemal y se siente todavía más mal cuando está sentado enfrente de la computadora queriéndole hablar al mundo y más, queriendo escribir noticias en donde la gente se muere y sufre todos los días.
Bueno ya chingao. O lo digo o no lo digo. Todos los días me he estado yendo con la amiga que les había platicado a comerme un helado cerquita de una panadería, afuera del trabajo. Es una michoacana. A Samantita le gustan las paletas de fresa, siempre escoge alguna que tenga una fresa salida por el borde inferior del hielo, lo más cerca del palito posible. Me di cuenta de esto pero nunca se lo dije. Nunca se lo dije porque ahora no tengo forma de decírselo. Porque la pendeja se murió. Pero bueno, las cosas desde el principio.
Me duele la cabeza y se me acabaron los cigarros. Esto no va a durar mucho porque en algún momento voy a preferir irme a chillar a mi cama como lo he estado haciendo todos estos días. Ni siquiera sé porqué chingados chillo. Hace poquito me acordé de un amigo que tuve cuando estuve en la universidad. Se murió cerquita de esta fecha, pero no tan cerquita. Ya ves cabrón, por eso no querías escribir porque todo lo traes hecho bolas aquí adentro y así va a salir y así se va a leer. Así la verdad es que siempre es mejor no escribir nada, no decir nada, dejar que las cosas se vayan calmando adentro, como un pinche globote que poco a poco se va desinflando y al final queda nada más el puro pellejo tirado en el suelo de alguna plaza y que luego un perro cojo va y olfatea y se traga para luego morirse porque los pinches perros no comen globos.
Pos total que a Samantita le gustaban los helados de fresa. Le gustaban porque en paz descanse. Fui a su velorio y nadie me reconoció porque no me había presentado a nadie todavía. Apenas habíamos empezado a salir. Apenas nos habíamos dado unos dos kikos. La verdad es que ni siquiera anduvimos tanto tiempo como para que me hubiera dolido tanto, pero chingada madre, ¿porqué se tiene que morir la pinche gente hombre?
A ver, ¿pa qué chingados? Ese día llegué y pensé que se había quedado dormida o algo. El otro día me había dicho que para el día anterior de ese se iba a ir con unas amigas a una despedida de soltera. Yo le dije que estaba chido. Que le fuera bien y que no tomara mucho. Y que no se le acercara mucho al chipen, porque luego esos cabrones son medio pasados de lanza. Se rió. Me preguntó que si a poco me preocupaba. Yo le desvié la cara y le dije que no, ¿que? ¿porqué me iba a preocupar que se le trepara encima un pendejo mamey a sangolotearle el pájaro en la jeta? Pos muy su gusto, ella quería ir.
Se carcajeó de mi. Siempre, desde antes de que anduvieramos me dijo que le daba mucha risa como me quedaba viendo para un lado cuando me daba vergüenza decir algo y que luego luego me ponía a decir una sarta de groserías. Nada más voy por compromiso, ni quiero llegar tarde porque pues si voy a ir a trabajar, me dijo. Pos sale pues. Y ya pos nos terminamos el helado (ni me acuerdo de qué chingados lo pedí).
Al otro día no llego. Pos va. Igual se había quedado dormida o algo. Me puse a trabajar y se me olvidó un rato todo. Luego me vibró el celular y en chinga vi si me había llegado un mensaje suyo. Era la pinche batería. Me acorde de todo de un madrazo, puse elcelular en silenciador pero no lo puse a cargar. El wey no estaba vibrando por un mensaje o algo, sino porque casi se le acababa la batería. Y me di cuenta hasta ese momento de que tenía 19 llamadas perdidas.
Luego luego me sentí un pendejo. No pude ver de quien eran las llamadas porque el celular se apagó. Fui a molestar a todo el mundo por una cosa que ahorita me doy cuenta de lo imposible que era: que alguien hubiera traído su cargador al trabajo y que su cargador fuera del mismo modelo Sony ericson viejito que el mío. Si encontré cargadores. Pero no encontré del modelo que necesitaba. Así que no pude ver de quien eran las llamadas. Me sentí mil veces pendejo. Me sentí mal. Por eso a la hora de comer aunque Samantita no estuviera ahí me quise salir. A la chingada.
No sé cuantas veces me han llegado ganas de mandarlo todo a la chingada, de irme caminando hasta que las pinches piernas ya no me funcionen y me caiga como un puto robotito al suelo todavía tratando de andar, moviendo los pies. Pero solamente quería salir. Y cuando salí. Quise ir a comprar una paleta. Una paleta de fresa como las que le gustaban a Samanta.
Caminé por la calle. Caminé. Me sentí un anciano, quise ser uno y estar así viejito y arrugado y torpe. El tren pasaba cerca, lo escuchaba pasar despacio, choqué con una mujer en una esquina. No sabía a dónde iba. Ella estaba corriendo. Traté de sostenerla por un brazo. Pero de todas formas se cayó. Feo. Apreté los dientes y pensé que ya había valido madre. Iba a tener que hablarle a una ambulancia o algo y la vieja me iba a acusar de que yo había tenido la culpa.
Entonces como que se me afiguró que me había quedado con su brazo. Hay cabrón, pinche pendejo, ¿Cómo se le afigura a uno algo así? ¿Pues qué estoy idiota o qué chingados me pasa? Pues sí, tenía un pinche brazo en la mano, lo estaba sosteniendo en la mano, así largo, blanco, con la manilla toda floja, y lo solté, más bien lo aventé a la chingada ¿cómo un puto brazo? Ni que fuera para tanto el madrazo que se dio. Pero lo que de verdad pensé que había pasado fue que había chocado con Samantita. Y derrepente todo se me cuatrapeó. Derrepente ya no entendí nada ni quise entender nada. Ni madres de nada. Vi a la vieja esa caminar a gatas y perderse más allá de la siguiente cuadra dándole la vuelta. No era Samantita. Pero sí, se iba arrastrando sin un brazo.
¿Qué chingados era eso?
¿La llorona?
¿Un fantasma?
Me cae que qué pendejo me sentí. De verdad no sé ni qué chingados hice después de ahí. Nomás me regresé al trabajo y me quedé todo el tiempo acordándome de la cosa esa sin un brazo. Me imaginé como chingados había pasado. Sólo que se lo hubiera o se lo hubieran cortado y lo trajera en una mano y fuera corriendo como con un policía. Están secuestrando a mucha gente en la ciudad últimamente.
Luego llegué a la casa y por fin pude conectar mi teléfono. Vi de quien eran las llamadas. No eran de Samantita. Era un número raro. Muy largo. Tiré el celular a la basura.La encontraron en las afueras de la ciudad. La violaron. Le clavaron alfileres debajo de todas sus uñas. No sé ni qué sentí cuando la vi debajo del vidrio. Tan limpia.
Ya me voy a la chingada.
Pero no, no me he muerto.
-hates*
+ watever*
+ whatever
+ whatever
+ whatever
+ whatever
+ whatever
+ whatever
+ whatever
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Se sabe —se disculpa, se perdona— que las cantidades, los nombres, los rostros, suelen ser los primeros que saltan por la borda o se arrojan desde el andén, durante el naufragio de esa memoria siempre lista para ser aniquilada sobre los rieles del pasado.
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¿Entonces, todo puede ser un mito? Sí, yo creo que sí, porque el universo es infinitamente sugestivo. Cada objeto del mundo puede pasar de una existencia cerrada, muda, a un estado oral, abierto a la apropiación de la sociedad, pues ninguna ley, natural o no, impide hablar de las cosas.
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